El jardín de los libros prohibidos (II)

(…) Cuando el hombre hubo terminado de relatar su historia, Adela le abrazó, ya no sentía el frío, ni la lluvia resbalando por su rostro, estaba anestesiada asimilando la historia recién contada. ¿Cómo podía ser todo aquello? Antes de despedirse para siempre, el joven le dio una pequeña caja, bonita y elegante que se guardó en el bolsillo.

– Devuélvesela, sabrá lo que significa y te creerá- explicó él.

“Prummmm”

Un trueno retumbó no muy lejos haciendo vibrar el suelo. La tormenta estaba prácticamente encima.

Mientras Adela se alejaba del jardín, aspiró el aroma de las lavandas y la menta por última vez. Se giró de nuevo y ya sólo vio un banco solitario, testigo longevo de las palabras que una vez contaron brillantes historias y aventuras . Echó a correr sin mirar atrás deseosa de llegar a casa y contar lo asombrosos acontecimientos.

La abuela Lili estaba cortando otro ramillete de lilas en el jardín, ya era media tarde, pronto comenzaría a anochecer. Su vestido de amapolas reflejaba la luz mortecina del sol, la tormenta ya se alejaba dejando una estela de misterio, humedad y dudas en el ambiente.

– Avoa, debo hablar contigo- Le dijo acercándose a Lili- Entremos al salón.

Lili la miró inquieta pero la siguió hacia el interior de la casona.

–  En estos días he descubierto algo , una historia asombrosa cuya protagonista eres tú, Lili.

–  ¿Cómo que yo?- Preguntó con cautela- ¿Qué ocurre rapaziña?

– Todo comenzó abuela con un libro olvidado en el asiento del tren. Un libro antiguo que contiene un secreto.

book-1291164_960_720Adela le mostró el libro y entonces Lili palideció; sus ojos se humedecieron y las páginas amarillentas comenzaron a bailar al compás de sus manos. En ese momento la nota de John cayó sobre la alfombra.

–  ¿Por qué tienes este libro? ¿Quién te lo ha dado? ¡Que está pasando aquí!- dijo Lili levantando la voz.

Sin embargo al acariciar el desgastado papel su voluntad se quebró y las lágrimas serpentearon por su tez blanca y llena de pecas- ¡Oh John!

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El ruido de la puerta sobresaltó a Adela quien se relajó al ver entrar a su madre en el salón.

–  Deli, ¿Qué le pasa a la avoa?

Adela negó con la cabeza y le indicó con la mano para que se acercara y se sentara.

” Fue hace tanto tiempo y era tan joven… Los estragos de la guerra civil comenzaban a verse, hambre, familias rotas y mucho miedo. Desde todas partes de España llegaban niños huérfanos y desnutridos sin una cama donde dormir, ni sustento que llevarse a la boca. Yo acababa de terminar enfermería en Inglaterra, era de las pocas mujeres de este pueblo que había tenido la suerte de poder estudiar y decidí comenzar mi profesión trabajando en el orfanato que aquí regentaban las monjas. Fue una etapa dura pero muy bonita, aprendí mucho y era gratificante poder consolar y ayudar a todos aquellos niños. Me gustaba contarles historias, leerles cuentos y libros para que su presente se hiciera menos pesaroso. ¿Sabes? Mi padre tenía una biblioteca enorme en nuestra casa y yo siempre había bebido de la sabiduría de aquellos libros. Los conservaba todos y muchos me han acompañado a lo largo de la vida.

Meses después algunos heridos de esta hastiada guerra comenzaron a llegar al pueblo, eran familiares, amigos de los vecinos e incluso compañeros de barricada que eran traídos a cuestas arriesgando la propia vida por ellos. Como el médico del pueblo, Don Pedro de Castro, no daba a basto en visitas y atenciones, el alcalde ordenó habilitar una pequeña enfermería en una parte abandonada del orfanato para atender a las víctimas de la guerra.

Fueron días muy duros de trabajo y cuidados. Me turnaba en el orfanato durante el día y en la enfermería desde la tarde y hasta el amanecer. Un día descubrí que la parte de atrás de la enfermería guardaba un jardín secreto y abandonado, pues las monjas no lo usaban desde hacía años. En aquel momento me propuse una ardua tarea, diseñar un hermoso jardín para que los heridos saliesen a tomar el sol, el aire y los niños del orfanato disfrutasen de un lugar de juegos y carreras. Me atreví a hablar con el doctor Castro junto con algunas compañeras, quien quedó muy contento con la idea y nos dio permiso para comenzar las obras con la mayor celeridad.

El jardín lo construimos entre todos, durante varias semanas los niños nos ayudaron con las palas, la tierra y los heridos que ya estaban casi recuperados plantaban las flores y los árboles haciendo de la belleza una terapia rehabilitadora. “

–  Fue entonces cuando conociste a John, verdad abuela?

– ¿Quién es John?- Pregunto la madre de Adela

– ¿Cómo sabes que John aparece en esta historia?- Preguntó Lilian intrigada aunque decidió proseguir con la historia.

Una noche de tormenta a mediados del verano del 36, mi compañera del orfanato, Emilia, aporreó mi cuarto donde descansaba de mi turno de guardia. 

– Lili, necesito tu ayuda. Un amigo ha caído herido en el frente y necesita atención urgente.- – De acuerdo, llevadlo a la sala principal de enfermería, hay camas libres.

-¡No!- levantó la voz Emilia- No deben verle por el momento. Es inglés y combate en las milicias republicanas, han caído y están apresando a los heridos y huidos. Muchos de sus compañeros se han refugiado en el monte pero a él le encontraron casi muerto a orillas de un arroyo. Está muy mal Lili. Ayúdale por favor.

No pensé en bandos políticos, ni en ideologías, no tuve tiempo, las palabras malherido e inglés me convencieron de inmediato para ir en su ayuda.

–  Lo alojaremos en el desván de los libros, sólo yo tengo las llaves del cuarto.

– Están preparándole los papeles para que pueda salir del país lo más rápido posible, si sobrevive.- Me aclaró Emilia. Asentí.

Aquella fue una noche muy larga en el desván, sumergida entre los libros, la sangre y el hedor de la muerte rondando por la habitación. Uno de los médicos de la milicia fue quién de forma clandestina operó al soldado moribundo cuyo bello rostro pálido y pecoso desafiaba todo el odio vertido en aquellos días. Varias jornadas de fiebres, delirios y sudor mortal se sucedieron entre turnos de vigilancia, estrés y palabras. En aquel desván no se oía un ruido, sólo la melodía de las palabras. Las palabras de mi escritor preferido, las palabras inglesas de Ernest Hemingway. Pasé horas leyendo “Farewell to the arms”, recordando la dureza de las barricadas, poniéndome en su piel y viviendo una bonita y apasionada historia de amor en la novela. Las facciones de su rostro, aun aniñado, quedaron grabadas en mi memoria, su voz susurrante en los delirios se clavó en mis oídos y lo único que quería hacer cada día era meterme en aquella habitación literaria y admirar su bello rostro de tez pálida.”

Adela recordó la voz del joven John contándole como había vivido esos amargos momentos entre la vida y la muerte. Bien parecía un espectro cuando le dejó allí sentado en el banco del jardín. Un escalofrío le recorrió la espalda.

“Un día mientras enseñaba a unos niños a leer en el jardín, llegaron dos buenas noticias; Emilia me avisó que John había despertado y además había llegado por fin la documentación con su nueva identidad. Ya no había porqué ocultarlo así que le instalaron en la sala principal junto a los otros heridos. Ordené colocar su cama junto a la ventana luminosa que daba al jardín secreto, como yo lo llamaba. Ese mismo día, al atardecer, vi sus ojos del color del océano por primera vez. No nos dirigimos palabra alguna, no hizo falta, sólo nuestros ojos se emocionaron al sabernos a salvo. Acaricié su rostro y le dije:

– Estoy orgullosa de ti, soldado. 

El sonrió mientras de su boca salían en un susurro muchas palabras conocidas para los dos.”

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Estracto de la primera página de Adiós a las armas de Ernest Hemingway

Lilian acarició el libro y se lo llevó al corazón mientras lo olía. Prosiguió la historia.

” John mejoraba cada día dejándome más tiempo para dedicarle a otros pacientes y sobretodo a mis niños. Cada mañana los sacaba al jardín y leíamos varios libros, fundamos un pequeño club de lectura y me encantaba sentarme en un banco de madera que había a las afueras de la biblioteca; sobre mi regazo les leía a los niños y enfermos cuentos e incluso les hacía soñar con “Las rimas y leyendas de Becquer”. Aún cuando cierro los ojos escucho un pequeño fragmento de la jubilosa melodía de gritos, cantos y palabras infantiles tan impregnadas de inocencia. Eran horas mágicas engalanadas por los cálidos rayos del sol.

John comenzó a levantarse y muchas tardes nos acompañaba en las lecturas. Reíamos y participábamos de la poca dicha que habitaba aquel presente incierto y gris. Los ojos de ambos leían las letras de las páginas, pero sólo las palabras que él y yo conocíamos eran las que en realidad flotaban a nuestro alrededor.

Una tarde apareció en la biblioteca con una caja repleta de libros, me explicó que pertenecían a una antigua escuela republicana desmantelada. Los libros habían llegado a las manos de una enfermera del frente y ahora a las mías. ¡Era una colección increíble! ¡Había decenas de nuevos títulos que podría leer! A partir de ese día, cada anochecer John se sentaba en el banco de madera y esperaba a que terminase mis tareas. Nos sentábamos abrazados durante unos breves instantes y mientras nuestros oídos degustaban las palabras de Hemingway, nuestras manos se regalaban las mejores de las caricias en un duelo de intimidad sin precedentes.”

-Pero…¿Todo se truncó avoa?- Preguntó Adela a Lili. En el fondo ya sabía el desenlace de la historia pero ansiaba conocer cómo la anciana vivió aquella jugarreta del destino.

“Fueron días de una paz entre guerras. Se oían rumores de persecuciones, ejecuciones y censura a una cultura que era tachada de subversiva por parte de los nacionales. Llegaron ecos de piras públicas de libros y fusilamientos de sus dueños. Fui una ilusa, creí que nada de aquella podredumbre llegaría hasta aquel edén de paz. Los amigos de John nos proveían de numerosa literatura de vanguardia, la biblioteca crecía y crecía pero yo no tuve ningún reparo en jactarme de ello. Pensé que la guerra nunca entraría en mi jardín de la inocencia. ¡Qué equivocada estaba!

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Quema de libros en Berlín Fuente: http://www.elortiba.org

Todo comenzó con la marcha de mi amado. Ya se había recuperado por completo de sus heridas y sus compatriotas habían diseñado un plan para sacarle del país. John no quería irse, pues aquí había hallado la paz que por tanto tiempo le fue prohibida en las barricadas, pero tuve que sacar toda mi artillería de valor para convencerlo de que regresara a Inglaterra. 

– Ven conmigo. Allí comenzaremos una nueva vida juntos, lejos de la guerra y de este sombrío lugar que es ahora Galicia. Nos casaremos y podrás ejercer de enfermera en cualquier hospital de Londres.

Estuve por un momento tentada a fugarme con él y dejar todo atrás. Sin embargo respondí:

– No puedo abandonar a mis niños y a los heridos. Hay gente que me necesita, John. Mi sitio está aquí, en mi edén estoy a salvo.

– El edén no dura para siempre Lilian. Tarde o temprano la oscuridad intenta invadir la luz. Inglaterra estará aguardando por ti por si eso acurre. Yo aguardaré por ti.

Así fue como le vi salir de la enfermería, con Ernest Hemingway en una mano y el **anillo de  Claddagh de mi madre en la otra. Al resguardo de la noche se fue para no volver jamás. Mi corazón se hundió como un animalillo en una ciénaga, pero había tanto trabajo que hacer que no le dio tiempo a llorar la pérdida.

Pocos días después ocurrió todo. Durante toda una noche estuve oyendo ruidos y gritos por todo el pueblo sin saber qué ocurría. Estaba asustada. Casi en la alborada, una joven novicia del orfanato muy pegada a mis faldas aporreó mi cuarto entre gritos.

– ¡Señorita Lilian!¡Ya están aquí! ¡Los soldados vienen a por usted! ¡Están registrando el orfanato!-

Me vestí lo más deprisa que pude y casi con lo puesto abandoné la enfermería saliendo por una de las ventanas de la sala de botiquines. En la calle me esperaba Emilia quien me entregó una bolsa con medicinas, mudas limpias y algunos víveres. Dándonos un último abrazo me indicó la dirección de una conocida suya que ayudaba a algunos huidos. Salí corriendo con todas mis fuerzas, sin entender la razón de mi arresto, oyendo a los soldados entrar en la enfermería como si fuesen tornados, destruyéndolo todo en mi búsqueda. Creí oler a queroseno y fósforos mientras me alejaba llorando, sintiéndome una Eva desalojada de su Edén. En ese momento las palabras de John aparecieron en mi mente. Mi amado John.

Vagué por las calles desesperada, las lágrimas erosionaban mis mejillas produciéndome un fuerte escozor.

Me acogieron bien en aquella casa donde pasé una noche oliendo a páginas quemadas y palabras rotas. Por la mañana oí que el humo de la pira de libros se veía por toda la ciudad y que el reflejo de las llamas alumbraron a los transeúntes que osaban caminar a esas horas por la calle de los Huérfanos.”

– Fué entonces cuando desapareciste ¿Verdad Lilian? y nadie, ni siquiera John pudo encontrarte.

– Si, jamás volví a verle, ni a saber nada de él. Pero…¿Cómo lo sabes Deli? ¿Quién te ha contado esta historia.

-Porque le he visto abuela. Me ha estado siguiendo desde que volví a casa. Fue él quien dejó el libro en el tren, fue él con quien chocamos Samuel y yo con el coche la tarde que volvimos y fue quien me contó la historia en las ruinas de la biblioteca.

El rostro de Lilian se tornó blanco como el papel virgen y con la cabeza negaba todo lo que su nieta le contaba. Adela sacó del bolsillo la pequeña caja que le había dado John y cuando la anciana la abrió contuvo el aliento al ver … ¡El anillo de Claddagh de su madre!! Lilian se llevó una mano al pecho y comenzó a llorar, todas las lágrimas que no fueron vertidas la noche de su marcha salieron ahora sin cesar. Su hija la abrazó, mientras Adela observaba impávida.

– ¿Cómo puede ser posible? Era mayor que yo, debe haber muerto hace años…

El gesto de Adela respondió la pregunta de Lili.

– Volvió a buscarte. Pues todas sus cartas le eran devueltas y temió que te hubiese pasado algo. Quería devolverte el anillo y pedirte que te casaras con él. Pero la mala fortuna quiso que viajara en el tren que descarriló el día de hoy hace tantos años, justo pocos meses después de tu huída.  Fué uno de las pocas víctimas mortales Lili. – Su voz temblaba ante tan desagradable noticia.- Hoy es el aniversario de la tragedia del tren. Pero él nunca se fue y siempre te estuvo esperando. Cumplió su promesa.

– Llévame con él. Llévame a la biblioteca de los libros prohibidos- Pidió Lili a su nieta.

Sus deseos fueron órdenes y Adela llevó a su abuela al lugar donde todo aquello había comenzado. Lilian atravesó las ruinas de la enfermería. Todo parecía estar igual que la última vez que lo vio.

Adela la dejó sola unos instantes. Cuando se sentó en el roído banco de madera, comenzó a leer los párrafos del Adiós a las armas de Hemingway. Los últimos rayos del sol resaltaban las amapolas del vestido. En ese momento el joven John apareció y se sentó en el banco junto a su amada Lilian; Adela los vio. Las palabras que ambos conocían les rodearon como una caricia, ante las cenizas de una época convulsa, allí, en el jardín de los libros prohibidos.

FIN

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El jardín de los libros prohibidos (I)

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