El jardín de los libros prohibidos (I)

– ¡Qué alegría verte!- gritó Samuel con los brazos abiertos.

Adela corrió hacia él y sintió un profundo alivio al abrazarle. Aspiró el aroma de su infancia y pensó para sí “Ya estoy en casa”

–  ¡Qué ganas tenía de verte, rapaciño!- le dijo mientras él la ayudaba con el equipaje.

– He traído el coche, así que te llevaré a casa de la avoa **. ¡Está estupenda, deseandiño verte!

Mientras caminaban hacia el aparcamiento Adela disfrutó del olor a eucalipto y humedad  típicos del interior de Galicia, aquel día el sol picaba escondido entre las nubes. Sin saber de dónde venía un sonido extraño la asustó,  sonaba como un pitido. No era de un coche, parecía una bocina.

– ¿Has oído eso?- le preguntó a Samuel.

Él negó con la cabeza. Lo volvió a escuchar, esta vez más claro. ¡Era el sonido de una locomotora de tren! Volvió la cabeza hacia la estación y allá en la lejanía de las vías creyó ver la silueta de lo que parecía un antiguo tren de carbón alejándose despacio. Sus ojos debían estar engañándola porque hacia muchos años que estos trenes ya no circulaban, sólo vivían en algunas salas de exposición y trayectos turísticos. Pestañeó y volvió a mirar, la visión había desaparecido pero aún creyó notar que el aire traía un sutil olor a carbón…

El trayecto a la finca donde vivía su abuela fue divertido, recordando viejos tiempos y veranos de la infancia. La tarde ya daba sus últimos suspiros, el sol permanecía oculto tras el habitual manto de nubes cuando cruzaron el puente que daba al cementerio. Fue en ese momento cuando oyeron un relincho, sin tiempo casi para reaccionar, un jinete a lomos de su caballo cruzó por la carretera. Samuel frenó en seco dando un volantazo pero no pudo evitar chocar con la pared del puente de piedra.

A la vez que se aseguraba de que su amigo estaba bien, Adela salió corriendo del coche intentando alcanzar al jinete; ambos habían saltado la tapia del cementerio y aún se oían los casco del caballo entre las lápidas. Adela se quedó allí de pie, sorprendida. La tenue luz del ocaso no le había permitido ver al detalle quién era el hombre que montaba el animal, pero si había podido fijarse en el traje que vestía, parecía de época y además llevaba una especie de sombrero. El aire húmedo le provocó un escalofrío y resolvió volver junto a Samuel.

Al regresar, otro coche estaba aparcado detrás del “forfi” de Samuel, justo al final del puente. Una joven mujer vestida de azafata hablaba con él.

-Deli, esta mujer dice que te has dejado algo en el tren

La miró extrañada

– ¿Es usted Adela Maeztu?- preguntó la joven mientras Adela asentía- Soy azafata del tren que usted ha cogido esta tarde. Hemos encontrado esto sobre el asiento que ocupaba, su nombre está escrito en él.

La azafata le daba un libro antiguo. En efecto, escrito con tinta nueva, aparecía su nombre en la portada. Jamás había visto aquel libro antes, sin embargo lo cogió y estrechó la mano de la joven.

-¡Vaya, lo habré olvidado! ¡Qué despiste! Muchas gracias-De repente le asaltó una duda- Pero… ¿Cómo me ha encontrado?

La azafata le contó mientras subía a su coche que había visto el accidente y se había parado a ayudar. Samuel le dijo que quizás, ella era la mujer que buscaba.

Por fin y después de una tarde un tanto rara, llegaron a la finca. Su abuela Lili la esperaba en la puerta, siempre había sido bonita pero Adela detectó un asomo de fragilidad en su aspecto, en las manos portaba un ramillete de lilas frescas. Por costumbre siempre la recibía con un ramo de flores recién cortadas, era en aquellos detalles donde sobresalía su ascendencia inglesa, pensó. Lili la acogió en su regazo emocionada, hacía un año que no la veía. Al lado de la abuela, esperaba también su madre a quién regaló dos besos para después entrar todos en la casa, la cena estaba esperando.

– Has hecho bien en venir. Últimamente se encuentra un poco alicaída además tiene problemas de memoria, pierde las cosas. A sus ochenta años dice que es por causa de los espíritus y las meigas. Estoy preocupada.- Le contó su madre.

“Pobre abuela Lili” pensó Adela. Cenaron todos en armonía, poniéndose al día de lo cotidiano y cuando Samuel se marchó, subió a su habitación. Había pasado toda la cena pensando en el libro del tren, así que lo sacó de su bolso para leerlo. Era bastante antiguo, olía a tinta rancia y la portada estaba muy ajada, casi no se veían las letras del autor, sólo alcanzó a leer **“A farewell to arms“. Abrió el libro suponiendo que era de Hemingway, estaba en inglés; de sus páginas cayeron al suelo varios pétalos de rosas secos, parecían ser tan añejos como el libro; también se escurrió una nota escrita a mano, la fecha estaba borrada, la leyó

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Adela volvió a leer varias veces la nota. Estaba muy sorprendida, no sabía absolutamente nada de que Lili hubiese tenido un amante en su juventud y mucho menos que fuese inglés. Volvió a hojear las primeras páginas del libro y justo detrás de la portada había un sello ya gastado.

ernest

“¿Biblioteca de la enfermería?” se preguntó. Sí, Lili había sido enfermera en su juventud hasta que se casó con el abuelo muchos años después. Siguió leyendo el libro y lineas más abajo encontró lo que buscaba.

Enfermería El jardín secreto

Calle de los huérfanos nº 9

¡Claro! Adela comenzó a entender, se decía que en la calle de los huérfanos había existido un pequeño orfanato para niños sin recursos. La enfermería debía estar cerca. ¡Todo era tan extraño! ¿Debía contarle a su abuela lo que estaba averiguando? Entonces se acordó de la delicada salud de Lili y decidió callar hasta averiguar más sobre aquel lugar, el libro y de dónde había salido.

A la mañana siguiente invitó a Samuel a acompañarla en su visita a la calle del Orfanato. En aquel mismo lugar se erguía una residencia de ancianos. La fachada blanca del edificio contrastaba con el color plomizo del cielo y al entrar, un olor a desinfectante les dio la bienvenida.

– ¿Por qué estamos aquí? – Preguntó Samuel extrañado.

– Quiero averiguar algunas cosas. Más tarde te contaré, no te preocupes- le tranquilizó.

La recepcionista, muy amable, les presentó a una señora que residía allí. La anciana les relató que, en efecto, en aquel mismo lugar hubo un orfanato en tiempos de la guerra, ella misma lo había visitado a veces. Adela le enseñó una foto de su abuela.

– ¡Si, es Lilian! Era compañera de una buena amiga mía. Pero al estallar la guerra, empezó a pasar más tiempo en la antigua enfermería. Un día desapareció y no volví a verla. Era una gran mujer y escondía un gran secreto en sus ojos. ¿Está aquí?

Adela asintió y prometió que un día la visitarían juntas. Al salir, el asfalto estaba mojado, llovía con intensidad. Mirando la calle de enfrente, se fijó en un antiguo edificio de piedra, estaba medio derruido y las retorcidas ramas de unos árboles frondosos asomaban por detrás.  Tuvo una intuición.

– Espérame aquí un momento, Samuel. En seguida nos vamos.

Adela cruzó la calle casi sin mirar, idiotizada por la idea de qué podría ser ese lugar. Algo la empujaba a ir hacia allí.

La sobresaltó un fuerte ruido de cascos, estaban demasiado cerca, giró la cabeza pero fue demasiado tarde. Un caballo desbocado se dirigía directo hacia ella. Quedó paralizada y resolvió agacharse para que el animal saltara. Cerró los ojos con fuerza. ¿Que hacía un caballo trotando en mitad de la ciudad?

– piiii, piiiii- pitó de pronto un coche,  luego ruido de frenazos.

Alguien la agarró por detrás salvándola del coche. Cuando abrió los ojos se encontró en la acera entre los fuertes brazos de su amigo Samuel. Sus cabellos cobrizos estaban revueltos y la tez pálida.

-¿Se puede saber que te ocurre, carallo? Estas muy rara hoy.

– ¡Lo siento!¡No lo he podido evitar, me agaché para que saltara!- dijo Adela casi sin voz, su ropa estaba manchada de barro.

– ¿Evitar? ¡Si te has lanzado al coche! ¡Si no te llego a coger ahora estarías muerta!- contestó Samuel visíblemente alterado.

– Samuel, no se que ocurre aquí. Desde que llegué me encuentro muy extraña. Mira,  necesito estar sola, daré una vuelta para despejarme y cuando llegue a casa te llamo.

Samuel al final se marchó aunque no muy tranquilo. Adela, como poseída por un embrujo entró en el edificio. No había puerta pero si un pequeño letrero de madera asombrosamente bien conservado, se leía:

cartel

El crujir de la suela de sus zapatos retumbaba entre los muros de piedra. La penumbra se suavizaba gracias a la luz que entraba por un ventanal empañado por los excrementos de las palomas que habían hecho del lugar su reino. A los lados yacían oxidadas camas envueltas con sábanas roídas por el tiempo. Aquel lugar era la enfermería donde había trabajado su abuela. Lili jamás le había hablado sobre ello. El material sanitario se pudría en el suelo  y las medicinas esperaban a ser usadas en los viejos estantes. Casi creyó escuchar el sonido de llantos, risas y canciones. Aquel lugar seguía vivo.

… Un rayo de sol le tocó la mejilla y se dio cuenta de que al fondo del pasillo principal había una salida. Fue hacia allí y lo que descubrió la dejó asombrada.

Un extenso y salvaje jardín se extendía por toda la parte trasera del solar. Árboles enormes, algunos con lianas que caían sobre el tronco, trataban de quitar la luz a la entretejida rosaleda; ancianos bulbos de tulipanes, lirios ya florecidos coloreaban el lindero del camino.stairs-1577452_960_720

Las zarzamoras conquistaban los lugares más recónditos y la hiedra tapaba los muros. A pesar de su abandono y la maleza que comía de su antigua elegancia, aquel rincón tenía un encanto especial. Recogió del suelo un par de libros hechos añicos, aún se leía Antonio Machado e incluso …¡Un ejemplar de la saga infantil de Celia! ¡Dios mío! ¡Cuantos libros maravillosos!

Se sentó en un banco y vio en el suelo restos de ceniza, trozos quemados de páginas de libros semienterrados por la tierra además de restos de escorias. Adela comprendió que lo que allí aconteció fue una quema de libros, supo que aquel fue el final de la biblioteca y la enfermería. Sentimientos de rabia y tristeza perturbaron su paz en aquel rincón, sacó entonces el libro de Hemingway y comenzó a leerlo en voz alta como si aquellas palabras pudieran sanar las heridas del lugar.

Cerró los ojos tratando de imaginar el jardín tal cual era, con su aroma y su luz, hasta creyó volver a escuchar voces de cuenta cuentos, sonidos de canciones y risas de niños olvidadas. Se adentró de nuevo en la enfermería, hacía frío y había mucha humedad. Indagando, encontró un rincón con unos estantes de madera aún bien colocados, sobre ellos quedaban algunos libros polvorientos en pie; cuentos para niños, poesía, las rimas y leyendas de Bequer. Algunos era libros prohibidos después de la guerra.

Volvió sobre sus pasos, quería disfrutar de un último momento en el jardín, ya había pasado la hora de la sobremesa y su familia estaría preocupada. Escuchó un trueno en la lejanía, debía irse ya.

Al salir fuera, Adela se percató de que no estaba sola.  Sentado en el viejo banco había un hombre vestido de uniforme, delgado, joven, que la observaba detenidamente. Sus ojos expresaban una profunda tristeza pero también esperanza. En un gesto caballeroso se quitó el sombrero de la cabeza. Sus ropas estaban gastadas, casi harapientas aunque conservaban su original elegancia.

-¿Quién es usted?- preguntó Adela desconfiada

– Ya sabes quien soy, nos hemos estado cruzando todo este tiempo.- Contestó el enigmático caballero.

– ¿Dejó usted el libro en el asiento del tren?- Preguntó ella intuyendo quién podía ser.

El hombre asintió y lo señaló con el dedo, se lo dio. Al abrirlo, la nota volvió a caer al suelo; él la recogió con tanto amor y delicadeza en sus manos, en cada uno de sus dedos, en su mirada, que a Adela le dolió el corazón. Comenzó a llover, pero no le importó, se sentó a su lado dispuesta a descubrir la verdad.

– Cuénteme la historia de este lugar. Cuénteme su historia

CONTINUARÁ…..

** Farewell to arms: es el título en inglés de Adiós a las armas, novela que Ernest Hemigway publico hacia 1920.

**Avoa: significa abuela en gallego

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